Mirandonos los dos.
Nos va ocupando
una incipiente indiferencia
que levanta su voz
en silencio precoz,
avisando que el fantasma del tiempo
no vive en la edad
sino en la soledad,
esa prisión
donde envejece el corazón.
Y así es lo mismo
la noche y el día,
la cumbre, el abismo,
la melancolía y el llanto de amor,
ese espejo de Dios
que se empañó,
mirándonos los dos.
Siento que el alma,
desvaneciendo en nuestros cuerpos,
lejos de resistir
se dispone a morir en la calma.
Y esa muerte que nadie podrá detenernos
dejará de ser un paso más,
ese otro que quedó detrás.
La cobardía que nos esposa
el uno al otro provocando
el temorde afrontar el error,
que nos guía,
es la herida que deja el sentido común
ese residuo aún de insensatez,
que nos conduce a la vejez.
Cancion de LUIS EDUARDO AUTE.

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